HABLEMOS DE CINE

 


  

EL GIRO AUTOBIOGRÁFICO DE LA CINEFILIA

El Cine contemporáneo es contemporáneo de una nueva clase de ilustración: la cultura audiovisual. Lo que una persona aprende, en términos audiovisuales, de la cultura popular y de la contracultura no es contradictorio, en términos ilustrados, con la teoría estética más avanzada.

La política de los autores, tal como lo define Cahiers du cinema[i], hace de la cinefilia una práctica emancipadora: si el cine clásico se incorpora a la alta cultura (porque en él hay autoría, como en el resto de las artes), todos los espectadores de cine, sin excepciones, son consumidores de arte. Los autores (Hitchcok y Hawks, como los referentes máximos del panteón cahierista) emancipan al cine junto a su espectador: el cine, sin ser elitista, se convierte en alta cultura, mientras su espectador, al margen de su cultura libresca, se convierte en una persona culta.

 Los espectadores que no sabían de, en la década de 1950, por qué les gustaba una película de Hawks y que no leían en los Cahiers las razones que podrían explicárselo, eran a priori, cultos. Con el amor al cine – recuerda Godard – su generación (la de Mayo del ´68) se había opuesto a la de sus padres, que asociaba la cultura a los libros y a los museos y que le exigía exclusivamente a la escuela, como aparato de Estado, que la inculcara en los niños con deber cívico. La Cinemateca Francesa, fundada por un excéntrico, Henri Langlois (es decir, por un cinéfilo precursor: alguien que rescataba de la basura los rollos de película), no era todavía (antes de 1968) un Museo, sino exactamente su contrario: el lugar donde se proyectaba el arte del presente (el mismo que a principios de siglo había sido el arte del futuro).

   Con el auge de la TV, primero, y del video y el CD, después, el cine se incorpora a una cultura audiovisual que no existía cuando los cinéfilos, formados en la cultura libresca, iban a la Cinemateca para buscar contracultura.  No obstante, ya en la década de 1960, el consumo de cultura popular crea, entre personas con sensibilidades minoritarias, nuevas categorías estéticas: lo camp, lo pop, lo kitsh, lo trash. La cinefilia, ejercida desde una sensibilidad minoritaria, establece con ciertas películas (y no con el cine como arte) una relación de culto. Una película es de culto por una cualidad que a su espectador lo incluye, automáticamente, en una minoría (no en mayoría). El culto anticipa, en lo que tiene de relación afectiva con ciertas películas (y no con el cine), el giro autobiográfico de la cinefilia.

   Con el abaratamiento de las cámaras portátiles, las personas empiezan a acumular, a los largo de sus vidas, no solo fotografías instantáneas, sino filmaciones caseras. Mientras la relación con el cine se vuelve más práctica que teórica y más cotidiana que extraordinaria. (porque cualquier persona puede, sin saber nada de cine, filmar), la cinefilia se vuelve, como contraparte, cada vez más autobiográfica. El espectador ama ciertas películas porque las relaciona con su propio pasado antes que con el pasado del cine.

Mientras la cinefilia se convierte en autobiografía, el lenguaje cinematográfico se subordina, paralelamente, a la lógica de lo audiovisual (que lo incluye pero lo excede). Si el cine había sido, en su momento clásico, más grande que la vida, lo audiovisual, en el momento contemporáneo, es más grande que el cine.



[i] André Bazin, “De la politique des auteurs”, Cahiers du cinéma, nro 70, abril 1957

 





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